Marzo, tiburones en la Polinesia
Sólo algún psiquiatra social podrá explicarnos por qué nos resulta emocionante estar frente a frente con un tiburón. El asunto es que así somos muchos de nosotros. Y que en marzo, la transparencia de las aguas de la polinesia permite bucear hombro con hombro con esas criaturas letales. Para los demás, el sitio ofrece las hermosísimas playas de siempre.
Por
Bernardo Sambra |
diciembre 2006-enero 2007
|
Tags:
polinesia, francesa, tiburones, bora bora, rangiroa
La posibilidad de tener un encuentro bajo el agua con un tiburón representa, para ciertas personas, el más cautivador de los sueños. Un sueño que puede hacerse realidad en la de por sí inverosímil Polinesia francesa: ese enorme archipiélago de 118 islas que incluye a las famosísimas Tahití, Moorea y Bora Bora es uno de los mejores lugares del planeta para bucear con tiburones.
Desde hace años, después de nuestro primer encuentro submarino con un tiburón en el Caribe, mi esposa y yo no hemos dejado pasar una sola oportunidad que nos permita sumergirnos lo más cerca posible de estos majestuosos animales.
Al buscar un lugar que combinara playas de aguas cristalinas, arrecifes de coral y tiburones en cantidades industriales, todos los caminos nos llevaron a la Polinesia francesa en los meses de marzo o abril, que marcan el inicio de la temporada seca, cuando el agua está más limpia y son mejores las condiciones para el buceo.
Fue así como un 21 de marzo aterrizamos en Papeete, la principal ciudad del archipiélago y capital de Tahití. Desde esta isla empezamos un viaje de algo más de veinte días que nos llevaría por Bora Bora, Fakarava y Rangiroa, tres islas únicas en su tipo que, con matices muy particulares, tenían todo lo que estábamos buscando.
EL REINO DE OTEMANU
Una avioneta bimotor de Air Tahiti se encargó de llevarnos hasta Bora Bora. Imposible describir la sensación de llegar a esta isla. Es de esos raros lugares en los que las fotos de las postales no exageran. El monte Otemanu, con sus 727 metros de alto, se convirtió en el punto de referencia obligado.
Antes de ir a la playa, alquilamos un par de bicicletas y fuimos al Bora Diving Center, un pequeño centro de buceo ubicado en la playa Matira, muy cerca de nuestro hotel, donde programamos tres inmersiones diarias.
Las alternativas de buceo de Bora Bora van desde ligeros paseos con snorkel entre peces mariposa, tortugas marinas y gráciles mantas, hasta eléctricas sesiones que incluyen el espectáculo de alimentación de los tiburones. Son cinco las zonas de buceo que uno no debe perderse en la isla: Anau, Toopua, Tapu, Muri Muri y Tupitipiti. Tapu, que en tahitiano significa “tabú”, y que está ubicado fuera del arrecife, era nuestra primera opción.
A las ocho de la mañana esperábamos impacientes que llegara la camioneta de Bora Diving. Cuarenta y cinco minutos más tarde estábamos en una embarcación sobre el agua increíblemente turquesa de la laguna interior de la isla. Anclados en Tapu, todo era tranquilidad. Hasta que vimos nuestra embarcación rodeada de una veintena de aletas de tiburones que se movían frenéticamente en la superficie. Kannon, nuestro guía, nos explicó que estos tiburones estaban acostumbrados a acercarse a las embarcaciones, pues sabían que encontrarían alimento. La instrucción fue clara: “salten todos a la vez y vayan directamente al fondo. Desde allí podrán apreciar cómo se alimentan”. Acto seguido, el conductor arrojó un pedazo sangrante de pescado al agua y nos dio la señal para saltar. No quedó espacio para el arrepentimiento. Caímos al agua, atravesando rápidamente el manto de tiburones que se arremolinaban alrededor de su cena. Llegamos al fondo, a unos 15 metros de profundidad, y nos detuvimos a presenciar el espectáculo. Decenas de escualos dándose un festín. No podíamos creer que hubiésemos pasado entre ellos. Luego de unos minutos terminó el frenesí y se nos acabaron los rollos de fotos. Perdimos la noción del tiempo.
No obstante, la experiencia que habíamos vivido no era en absoluto inusual. A lo largo de los siete días que permanecimos en la isla tuvimos muchas inmersiones similares y cada vez nos sentíamos más cómodos con las decenas de puntiagudas aletas alrededor.
CAMINO A RANGI
Dejamos Bora Bora con pena, aun si lo que habíamos experimentado era un buceo controlado, en el que los tiburones estaban de una u otra manera amaestrados para dar el espectáculo. Cuando subimos a la avioneta que nos llevaría, en un vuelo de una hora, al atolón de Rangiroa, en el archipiélago Tuamotu, sabíamos que esta vez era para jugar “en las grandes ligas”.
Las Tuamotu se componen de 80 atolones, de los cuales dos son considerados como destinos de clase mundial para la práctica del buceo: la mítica Rangiroa (o Rangi) y la nueva vedette del buceo extremo, Fakarava. Las alternativas que teníamos para alojarnos eran variadas, desde modestos hospedajes muy cercanos a la playa, hasta el lujoso hotel Kia Ora. Elegimos un lugar muy particular, Le Relais de Joséphine, una mezcla de pensión con hotel de lujo con una característica fundamental: está justo al pie del paso Avatoru, el lugar al cual vinimos a bucear.
Las condiciones de buceo en Rangi al igual que en Fakarava son diametralmente diferentes a las que uno encuentra en Bora Bora o Moorea. Éste es un atolón, una formación coralina que crece a lo largo de cientos o miles de años alrededor de un cráter volcánico que sobresale de la superficie del mar. Cuando el volcán termina su fase activa, la erosión actúa sobre él y con el paso de los años y gracias a movimientos constantes de la tierra, se termina hundiendo lentamente hasta que desaparece por completo bajo las aguas, dejando en la superficie un gran anillo de coral. Este anillo encierra una laguna alimentada por grandes cantidades de agua que discurren a través de amplios canales, conocidos como “pasos”, que le permiten al mar ingresar y recircular el agua de la laguna central. Por increíble que parezca, toda la población de la isla vive literalmente sobre un gigantesco anillo de coral.
Sentados junto a un grupo de italianos en una de las pequeñas mesas de madera del operador de buceo escuchábamos atentamente a Stephanie, nuestra guía. “Es fundamental que entiendan cómo se comporta Rangi a lo largo del día. La clave para bucear en este lugar es dejarse llevar.” Bucearíamos, pues, a merced de la corriente a través del legendario Paso de Avatoru, un canal que permite que las aguas del mar abierto ingresen a la laguna central del atolón.
El buceo en este tipo de condiciones presenta una limitación enorme, pues las inmersiones sólo se realizan cuando la corriente ingresa a la laguna; de otra forma se corre el peligro de ser arrastrado hacia alta mar. Pero lo espectacular está justamente en el centro de esa corriente, donde el buzo se encuentra de frente con mantas, delfines, barracudas y docenas (a veces cientos) de tiburones que se congregan en busca de alimento. Estos grandes animales se mantienen firmes nadando contra la corriente, a unos 25 o 30 metros de profundidad, esperando a sus presas.
Stephanie nos condujo a bordo de un zodiac hasta la parte externa del atolón, justo en la puerta del Paso de Avatoru. Nos zambullimos, junto con los colegas italianos, hasta los 30 metros de profundidad y nos dirigimos a la entrada del paso. Antes de que nos diéramos cuenta, la corriente, como una enorme aspiradora, nos estaba succionando hacia la laguna interior. Sólo pudimos dejarnos llevar y, tras algunos momentos de confusión, logramos concentrarnos en la sensacional travesía en la que estábamos envueltos.
En un momento, Stephanie nos hizo señas para que descendiéramos y entráramos en una grieta. La seguimos, y quedamos estupefactos al ver que nos encontrábamos en el palco de un gran teatro, sin corriente, perfectamente ubicados para contemplar un espectáculo que nos demostró que veintidós años de experiencia buceando alrededor del mundo no eran suficientes para anticipar un momento como éste: por lo menos cuarenta tiburones grises nadaban sobre nosotros, acercándose a veces lo suficiente como para hacernos sentir que no éramos precisamente bienvenidos. Pero el comportamiento de los tiburones es como el de cualquier gran animal salvaje: si se les ataca, reaccionan. Pero si uno “cuida sus modales”, mantienen su distancia e inclusive muestran temor ante nosotros, los intrusos burbujeantes.
Tras estar quince minutos prácticamente inmóviles, nuestras computadoras empezaron a indicar que era el momento de subir a la superficie, antes de que nuestro cuerpo se saturara de nitrógeno. Nos dejamos llevar una vez más por la corriente hasta que llegamos a la laguna interior del atolón. En nuestra embarcación no se escuchaba otra cosa que la palabra tiburón.
Después de hacer varias inmersiones nos acostumbramos a su presencia, al punto que empezamos a fijarnos en detalles que antes pasaban inadvertidos: gigantescos cardúmenes de peces, impresionantes formaciones rocosas.
Tiputa, el paso menor de la isla, y Avatoru se convirtieron para nosotros en Disneylandia. Pasamos algo más de cinco días esperando, como niños, que llegara el momento de repetir la experiencia de esa montaña rusa submarina.
FAKARAVA PARA TEMERARIOS
“Poison Cru, nuestra especialidad”, nos dijo con una sonrisa de oreja a oreja Joaquim, al tiempo que nos servía el plato nacional de Polinesia, una especie de ceviche a base de frescos pedazos de pescado macerados en limón y leche de coco.
Habíamos caído en la pensión Havaiki, la casa de Joaquim, un criador de perlas negras, que junto con su esposa había tenido la idea de ampliar el negocio familiar y construir cinco bungalows a orillas del mar, anticipándose al boom de turismo que llegaría a la isla. Y en efecto, hace unos años la Unesco declaró el atolón de Fakarava, ubicado en el lado sur del archipiélago de las Tuamotu, Reserva de la Biosfera.
Este gran atolón, el segundo más grande del mundo, ofrece la posibilidad de bucear en un lugar totalmente intacto. Más allá del hotel Mai Tai, un quinteto de pequeños hostales, unas cuantas casas, un colegio y una iglesia que atiende a los poco más de 300 habitantes, todo es naturaleza, paz y tranquilidad.
Fakarava ha sido bautizada como la “nueva vedette del buceo extremo”, y le debe su fama al gigantesco Paso Garuae. Este paso de un kilómetro de largo es capaz de succionar enormes cantidades de agua del mar abierto y, con ello, cientos de peces que ofrecen una mesa servida para los más grandes depredadores del océano.
Jean Christophe, un visionario francés pionero del buceo en esta isla y propietario de Te Ava Nui, el único centro de buceo del atolón, piloteó a gran velocidad el zodiac que nos llevó al Garuae.
Tras unos quince minutos de recorrido, la embarcación se detuvo y nos dimos cuenta de que el canal era enorme, mucho más de lo que habíamos imaginado. Y una vez bajo el agua, quedamos extasiados. No esperábamos encontrar jardines de coral como éstos. El suelo marino era un popurrí de colores, absolutamente intacto. Enormes bolas de peces conocidos como Jacks reflejaban la luz del sol sobre sus plateados cuerpos mientras que rayas moteadas y centenares de peces de colores transitaban velozmente por los jardines de coral.
Pataleando sin cesar le seguíamos el paso a Jean Christophe, quien se alejaba hacia las aguas profundas. Luego de unos minutos nos encontramos flotando en medio del azul más intenso que hubiésemos visto. No teníamos referencia alguna para determinar nuestra ubicación, pero no importaba: ya éramos presa de la corriente del Garuae.
Escuchamos un sonido: la señal de alerta de Jean Christophe. En nuestro camino, decenas de tiburones grises nos daban la bienvenida a su territorio. No había forma de detenerse, de esquivarlos. Tuvimos un encuentro cara a cara, pasamos a centímetros de sus aceradas aletas, mientras los escualos, haciendo caso omiso de nuestra presencia, se hacían a un lado y nos dejaban pasar, como a moscas que interrumpen un almuerzo.
Desde ese momento, el Garuae nunca nos falló: desde entonces siempre nos proporcionó adrenalina sin escatimar.
En este rincón del mundo, cada vez que uno se encuentra cara a cara con un tiburón, siente como si un hechizo se rompiera. Y los meses de marzo y abril son sin duda los mejores para hacerlo. Pero visitar Polinesia siempre requerirá de más tiempo del que podamos tener disponible. Las ballenas de Rurutu, las perlas negras y las mantarrayas de Manihi, las orcas enanas de Nuku Hiva y los arrecifes de Tikehau son muchas de las otras cosas que uno puede conocer aquí. En otra ocasión.
GUÍA PRÁCTICA
CÓMO LLEGAR
Lan Chile vuela de Papeete hasta Santiago, con escala en la Isla de Pascua. A las demás islas se llega a través de vuelos internos con Air Tahiti. De México no hay vuelos directos y en general hacen escala en Los Ángeles por lo que viajar a la Polinesia requiere de tramitar la visa estadounidense.
DÓNDE DORMIR
BORA BORA
BORA BORA NUI RESORT & SPA
T. (689) 864 848
F. (689) 864 800
www.boraboranui.com
Suites desde 498 euros.
BORA BORA LAGOON
T. (689) 604 000
F. (689) 604 001
www.boraboralagoon.com
Bungalows desde 470 euros.
HOTEL BORA BORA
T. (689) 604 460
F. (689) 604 466
www.amanresorts.com
Bungalows en 500 euros.
RANGIROA
HOTEL KIA ORA
T. (689) 931 111
F. (689) 960 493
www.hotelkiaora.com
Bungalows desde 268 euros.
LES RELAIS DE JOSEPHINE
T. y F. (689) 960 200
http://relaisjosephine.free.fr
Bungalows para una persona en 160 euros, media pensión.
FAKARAVA MAITAI DREAM
T. (689) 984 300
F. (689) 984 301
www.hotelmaitai.com
Bungalows para una persona desde 222 euros.
PENSIÓN HAVAIKI
T. (689) 934 015
F. (689) 934 016
www.havaiki.com
Bungalows para dos personas en 150 euros y 167 euros, media pensión.
CON QUIÉN BUCEAR
Un día de buceo típico incluye dos inmersiones, el viaje en embarcación y tanques con aire comprimido. El costo aproximado es de 94 euros. También es posible obtener la certificación necesaria. Prácticamente cualquier operador de buceo está disponible y autorizado para dictar el curso básico.
BORA BORA
Bora Diving Center
www.boradive.com
Nemo World
www.nemodivebora.com
RANGIROA
The Six Passengers
www.the6passengers.com
Raie Manta Club
www.raiemantaclub.free.fr
FAKARAVA
Te Ava Nui
www.tuamotu.plongee.free.fr
GUÍA INDISPENSABLE
Diving & Snorkeling, Tahiti & French Polynesia de Jean-Bernard Carillet y Tony Wheeler, Lonely Planet, Pisces Book www.lonelyplanet.com
MIENTRAS TANTO
SAN PATRICK’S PARADE
Chicago, Estados Unidos 17 de marzo de 2007
www.chicagostpatsparade.com
Todo empieza cuando el río St. Patrick se pinta de verde brillante ¿con qué? En honor al santo de los irlandeses. De allí comienza un divertido festejo con música, cerveza y mucha gente en las calles principales de la ciudad.
DUBAI WORLD CUP
31 de marzo de 2007
www.dubaiworldcup.com
La carrera de caballos más glamorosa del mundo reúne a millonarios petroleros, millonarias estrellas de cine, y por supuesto los mejores caballos y jockeys del mundo.
FESTIVAL DE LOS COLORES
Rajastán, India; luna llena
Los hindúes festejan el equinoccio de la primavera durante la luna llena del mes de Phâlguna, entre febrero y marzo. Y la celebración consiste en lanzarse pigmentos de colores unos a otros, y comer platos preparados para la ocasión.
Desde hace años, después de nuestro primer encuentro submarino con un tiburón en el Caribe, mi esposa y yo no hemos dejado pasar una sola oportunidad que nos permita sumergirnos lo más cerca posible de estos majestuosos animales.
Al buscar un lugar que combinara playas de aguas cristalinas, arrecifes de coral y tiburones en cantidades industriales, todos los caminos nos llevaron a la Polinesia francesa en los meses de marzo o abril, que marcan el inicio de la temporada seca, cuando el agua está más limpia y son mejores las condiciones para el buceo.
Fue así como un 21 de marzo aterrizamos en Papeete, la principal ciudad del archipiélago y capital de Tahití. Desde esta isla empezamos un viaje de algo más de veinte días que nos llevaría por Bora Bora, Fakarava y Rangiroa, tres islas únicas en su tipo que, con matices muy particulares, tenían todo lo que estábamos buscando.
EL REINO DE OTEMANU
Una avioneta bimotor de Air Tahiti se encargó de llevarnos hasta Bora Bora. Imposible describir la sensación de llegar a esta isla. Es de esos raros lugares en los que las fotos de las postales no exageran. El monte Otemanu, con sus 727 metros de alto, se convirtió en el punto de referencia obligado.
Antes de ir a la playa, alquilamos un par de bicicletas y fuimos al Bora Diving Center, un pequeño centro de buceo ubicado en la playa Matira, muy cerca de nuestro hotel, donde programamos tres inmersiones diarias.
Las alternativas de buceo de Bora Bora van desde ligeros paseos con snorkel entre peces mariposa, tortugas marinas y gráciles mantas, hasta eléctricas sesiones que incluyen el espectáculo de alimentación de los tiburones. Son cinco las zonas de buceo que uno no debe perderse en la isla: Anau, Toopua, Tapu, Muri Muri y Tupitipiti. Tapu, que en tahitiano significa “tabú”, y que está ubicado fuera del arrecife, era nuestra primera opción.
A las ocho de la mañana esperábamos impacientes que llegara la camioneta de Bora Diving. Cuarenta y cinco minutos más tarde estábamos en una embarcación sobre el agua increíblemente turquesa de la laguna interior de la isla. Anclados en Tapu, todo era tranquilidad. Hasta que vimos nuestra embarcación rodeada de una veintena de aletas de tiburones que se movían frenéticamente en la superficie. Kannon, nuestro guía, nos explicó que estos tiburones estaban acostumbrados a acercarse a las embarcaciones, pues sabían que encontrarían alimento. La instrucción fue clara: “salten todos a la vez y vayan directamente al fondo. Desde allí podrán apreciar cómo se alimentan”. Acto seguido, el conductor arrojó un pedazo sangrante de pescado al agua y nos dio la señal para saltar. No quedó espacio para el arrepentimiento. Caímos al agua, atravesando rápidamente el manto de tiburones que se arremolinaban alrededor de su cena. Llegamos al fondo, a unos 15 metros de profundidad, y nos detuvimos a presenciar el espectáculo. Decenas de escualos dándose un festín. No podíamos creer que hubiésemos pasado entre ellos. Luego de unos minutos terminó el frenesí y se nos acabaron los rollos de fotos. Perdimos la noción del tiempo.
No obstante, la experiencia que habíamos vivido no era en absoluto inusual. A lo largo de los siete días que permanecimos en la isla tuvimos muchas inmersiones similares y cada vez nos sentíamos más cómodos con las decenas de puntiagudas aletas alrededor.
CAMINO A RANGI
Dejamos Bora Bora con pena, aun si lo que habíamos experimentado era un buceo controlado, en el que los tiburones estaban de una u otra manera amaestrados para dar el espectáculo. Cuando subimos a la avioneta que nos llevaría, en un vuelo de una hora, al atolón de Rangiroa, en el archipiélago Tuamotu, sabíamos que esta vez era para jugar “en las grandes ligas”.
Las Tuamotu se componen de 80 atolones, de los cuales dos son considerados como destinos de clase mundial para la práctica del buceo: la mítica Rangiroa (o Rangi) y la nueva vedette del buceo extremo, Fakarava. Las alternativas que teníamos para alojarnos eran variadas, desde modestos hospedajes muy cercanos a la playa, hasta el lujoso hotel Kia Ora. Elegimos un lugar muy particular, Le Relais de Joséphine, una mezcla de pensión con hotel de lujo con una característica fundamental: está justo al pie del paso Avatoru, el lugar al cual vinimos a bucear.
Las condiciones de buceo en Rangi al igual que en Fakarava son diametralmente diferentes a las que uno encuentra en Bora Bora o Moorea. Éste es un atolón, una formación coralina que crece a lo largo de cientos o miles de años alrededor de un cráter volcánico que sobresale de la superficie del mar. Cuando el volcán termina su fase activa, la erosión actúa sobre él y con el paso de los años y gracias a movimientos constantes de la tierra, se termina hundiendo lentamente hasta que desaparece por completo bajo las aguas, dejando en la superficie un gran anillo de coral. Este anillo encierra una laguna alimentada por grandes cantidades de agua que discurren a través de amplios canales, conocidos como “pasos”, que le permiten al mar ingresar y recircular el agua de la laguna central. Por increíble que parezca, toda la población de la isla vive literalmente sobre un gigantesco anillo de coral.
Sentados junto a un grupo de italianos en una de las pequeñas mesas de madera del operador de buceo escuchábamos atentamente a Stephanie, nuestra guía. “Es fundamental que entiendan cómo se comporta Rangi a lo largo del día. La clave para bucear en este lugar es dejarse llevar.” Bucearíamos, pues, a merced de la corriente a través del legendario Paso de Avatoru, un canal que permite que las aguas del mar abierto ingresen a la laguna central del atolón.
El buceo en este tipo de condiciones presenta una limitación enorme, pues las inmersiones sólo se realizan cuando la corriente ingresa a la laguna; de otra forma se corre el peligro de ser arrastrado hacia alta mar. Pero lo espectacular está justamente en el centro de esa corriente, donde el buzo se encuentra de frente con mantas, delfines, barracudas y docenas (a veces cientos) de tiburones que se congregan en busca de alimento. Estos grandes animales se mantienen firmes nadando contra la corriente, a unos 25 o 30 metros de profundidad, esperando a sus presas.
Stephanie nos condujo a bordo de un zodiac hasta la parte externa del atolón, justo en la puerta del Paso de Avatoru. Nos zambullimos, junto con los colegas italianos, hasta los 30 metros de profundidad y nos dirigimos a la entrada del paso. Antes de que nos diéramos cuenta, la corriente, como una enorme aspiradora, nos estaba succionando hacia la laguna interior. Sólo pudimos dejarnos llevar y, tras algunos momentos de confusión, logramos concentrarnos en la sensacional travesía en la que estábamos envueltos.
En un momento, Stephanie nos hizo señas para que descendiéramos y entráramos en una grieta. La seguimos, y quedamos estupefactos al ver que nos encontrábamos en el palco de un gran teatro, sin corriente, perfectamente ubicados para contemplar un espectáculo que nos demostró que veintidós años de experiencia buceando alrededor del mundo no eran suficientes para anticipar un momento como éste: por lo menos cuarenta tiburones grises nadaban sobre nosotros, acercándose a veces lo suficiente como para hacernos sentir que no éramos precisamente bienvenidos. Pero el comportamiento de los tiburones es como el de cualquier gran animal salvaje: si se les ataca, reaccionan. Pero si uno “cuida sus modales”, mantienen su distancia e inclusive muestran temor ante nosotros, los intrusos burbujeantes.
Tras estar quince minutos prácticamente inmóviles, nuestras computadoras empezaron a indicar que era el momento de subir a la superficie, antes de que nuestro cuerpo se saturara de nitrógeno. Nos dejamos llevar una vez más por la corriente hasta que llegamos a la laguna interior del atolón. En nuestra embarcación no se escuchaba otra cosa que la palabra tiburón.
Después de hacer varias inmersiones nos acostumbramos a su presencia, al punto que empezamos a fijarnos en detalles que antes pasaban inadvertidos: gigantescos cardúmenes de peces, impresionantes formaciones rocosas.
Tiputa, el paso menor de la isla, y Avatoru se convirtieron para nosotros en Disneylandia. Pasamos algo más de cinco días esperando, como niños, que llegara el momento de repetir la experiencia de esa montaña rusa submarina.
FAKARAVA PARA TEMERARIOS
“Poison Cru, nuestra especialidad”, nos dijo con una sonrisa de oreja a oreja Joaquim, al tiempo que nos servía el plato nacional de Polinesia, una especie de ceviche a base de frescos pedazos de pescado macerados en limón y leche de coco.
Habíamos caído en la pensión Havaiki, la casa de Joaquim, un criador de perlas negras, que junto con su esposa había tenido la idea de ampliar el negocio familiar y construir cinco bungalows a orillas del mar, anticipándose al boom de turismo que llegaría a la isla. Y en efecto, hace unos años la Unesco declaró el atolón de Fakarava, ubicado en el lado sur del archipiélago de las Tuamotu, Reserva de la Biosfera.
Este gran atolón, el segundo más grande del mundo, ofrece la posibilidad de bucear en un lugar totalmente intacto. Más allá del hotel Mai Tai, un quinteto de pequeños hostales, unas cuantas casas, un colegio y una iglesia que atiende a los poco más de 300 habitantes, todo es naturaleza, paz y tranquilidad.
Fakarava ha sido bautizada como la “nueva vedette del buceo extremo”, y le debe su fama al gigantesco Paso Garuae. Este paso de un kilómetro de largo es capaz de succionar enormes cantidades de agua del mar abierto y, con ello, cientos de peces que ofrecen una mesa servida para los más grandes depredadores del océano.
Jean Christophe, un visionario francés pionero del buceo en esta isla y propietario de Te Ava Nui, el único centro de buceo del atolón, piloteó a gran velocidad el zodiac que nos llevó al Garuae.
Tras unos quince minutos de recorrido, la embarcación se detuvo y nos dimos cuenta de que el canal era enorme, mucho más de lo que habíamos imaginado. Y una vez bajo el agua, quedamos extasiados. No esperábamos encontrar jardines de coral como éstos. El suelo marino era un popurrí de colores, absolutamente intacto. Enormes bolas de peces conocidos como Jacks reflejaban la luz del sol sobre sus plateados cuerpos mientras que rayas moteadas y centenares de peces de colores transitaban velozmente por los jardines de coral.
Pataleando sin cesar le seguíamos el paso a Jean Christophe, quien se alejaba hacia las aguas profundas. Luego de unos minutos nos encontramos flotando en medio del azul más intenso que hubiésemos visto. No teníamos referencia alguna para determinar nuestra ubicación, pero no importaba: ya éramos presa de la corriente del Garuae.
Escuchamos un sonido: la señal de alerta de Jean Christophe. En nuestro camino, decenas de tiburones grises nos daban la bienvenida a su territorio. No había forma de detenerse, de esquivarlos. Tuvimos un encuentro cara a cara, pasamos a centímetros de sus aceradas aletas, mientras los escualos, haciendo caso omiso de nuestra presencia, se hacían a un lado y nos dejaban pasar, como a moscas que interrumpen un almuerzo.
Desde ese momento, el Garuae nunca nos falló: desde entonces siempre nos proporcionó adrenalina sin escatimar.
En este rincón del mundo, cada vez que uno se encuentra cara a cara con un tiburón, siente como si un hechizo se rompiera. Y los meses de marzo y abril son sin duda los mejores para hacerlo. Pero visitar Polinesia siempre requerirá de más tiempo del que podamos tener disponible. Las ballenas de Rurutu, las perlas negras y las mantarrayas de Manihi, las orcas enanas de Nuku Hiva y los arrecifes de Tikehau son muchas de las otras cosas que uno puede conocer aquí. En otra ocasión.
GUÍA PRÁCTICA
CÓMO LLEGAR
Lan Chile vuela de Papeete hasta Santiago, con escala en la Isla de Pascua. A las demás islas se llega a través de vuelos internos con Air Tahiti. De México no hay vuelos directos y en general hacen escala en Los Ángeles por lo que viajar a la Polinesia requiere de tramitar la visa estadounidense.
DÓNDE DORMIR
BORA BORA
BORA BORA NUI RESORT & SPA
T. (689) 864 848
F. (689) 864 800
www.boraboranui.com
Suites desde 498 euros.
BORA BORA LAGOON
T. (689) 604 000
F. (689) 604 001
www.boraboralagoon.com
Bungalows desde 470 euros.
HOTEL BORA BORA
T. (689) 604 460
F. (689) 604 466
www.amanresorts.com
Bungalows en 500 euros.
RANGIROA
HOTEL KIA ORA
T. (689) 931 111
F. (689) 960 493
www.hotelkiaora.com
Bungalows desde 268 euros.
LES RELAIS DE JOSEPHINE
T. y F. (689) 960 200
http://relaisjosephine.free.fr
Bungalows para una persona en 160 euros, media pensión.
FAKARAVA MAITAI DREAM
T. (689) 984 300
F. (689) 984 301
www.hotelmaitai.com
Bungalows para una persona desde 222 euros.
PENSIÓN HAVAIKI
T. (689) 934 015
F. (689) 934 016
www.havaiki.com
Bungalows para dos personas en 150 euros y 167 euros, media pensión.
CON QUIÉN BUCEAR
Un día de buceo típico incluye dos inmersiones, el viaje en embarcación y tanques con aire comprimido. El costo aproximado es de 94 euros. También es posible obtener la certificación necesaria. Prácticamente cualquier operador de buceo está disponible y autorizado para dictar el curso básico.
BORA BORA
Bora Diving Center
www.boradive.com
Nemo World
www.nemodivebora.com
RANGIROA
The Six Passengers
www.the6passengers.com
Raie Manta Club
www.raiemantaclub.free.fr
FAKARAVA
Te Ava Nui
www.tuamotu.plongee.free.fr
GUÍA INDISPENSABLE
Diving & Snorkeling, Tahiti & French Polynesia de Jean-Bernard Carillet y Tony Wheeler, Lonely Planet, Pisces Book www.lonelyplanet.com
MIENTRAS TANTO
SAN PATRICK’S PARADE
Chicago, Estados Unidos 17 de marzo de 2007
www.chicagostpatsparade.com
Todo empieza cuando el río St. Patrick se pinta de verde brillante ¿con qué? En honor al santo de los irlandeses. De allí comienza un divertido festejo con música, cerveza y mucha gente en las calles principales de la ciudad.
DUBAI WORLD CUP
31 de marzo de 2007
www.dubaiworldcup.com
La carrera de caballos más glamorosa del mundo reúne a millonarios petroleros, millonarias estrellas de cine, y por supuesto los mejores caballos y jockeys del mundo.
FESTIVAL DE LOS COLORES
Rajastán, India; luna llena
Los hindúes festejan el equinoccio de la primavera durante la luna llena del mes de Phâlguna, entre febrero y marzo. Y la celebración consiste en lanzarse pigmentos de colores unos a otros, y comer platos preparados para la ocasión.
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