Por los Ríos de Venezuela a toda velocidad
Fotografía de Maye Primera Garcés

Por los Ríos de Venezuela a toda velocidad

Reducir Venezuela a su situación política y a la figura de Hugo Chávez es un error que lleva a cuestas no sólo sus playas color turquesa, sino también sus imponentes montañas, selvas y ríos. Y los que se encuentran al pie del monte Barinés, entre los estados de Mérida y Barinas, son el escenario perfecto para que los niños practiquen deportes extremos que suelen estar reservados para adultos, y que éstos se animen a hacerlo.
La gente de Caracas no tiene recuerdos así. Si huelen a tierra mojada no les viene a la memoria un revolcón en la lluvia a los ocho años, sino que recuerdan que olvidaron el paraguas en otro bolso. Su evocación natural de la infancia es el smog; el humo de los autobuses de alguna terminal de pasajeros les recuerda que de niños los llevaban de viaje una o dos veces al año a un lugar impreciso donde podían hacer lo que les viniera en gana y al que todos los caraqueños llaman “el interior”, que en lenguaje común quiere decir “el resto del país”. Yo nací allá, en el interior. Y tengo un par de cosas más en el recuerdo.

Hasta no hace tanto viví en Valencia, que treinta años atrás era un pueblo industrial con pretensiones de capital y solía estar a hora y media de Caracas, aunque ahora con el tráfico de la autopista queda a tres horas. Desde el centro de la ciudad se llegaba “al interior” a pie —a un cerro, a un río, o al mar o a las aguas termales— y era nuestra rutina de todos los fines de semana: caminar por la montaña, y de vez en cuando descender barrancos con cuerdas para atar equipaje o flotar en los ríos sobre tripas de caucho, a espaldas de los mayores. Créanlo o no, nos cuidábamos más de lo que un niño acostumbra cuidarse, porque una fractura o un raspón habrían sido la peor de las delaciones. Sin embargo, sospechamos mis amigos y yo que alguna gente grande —tal vez de Caracas— se percató de lo que hacíamos en los ratos de ocio y tomó nota. Eso explica porqué hoy en día todas esas prácticas se inscriben en la categoría de “deportes extremos”, y se llaman trekking, canyoning, tubbing y canotaje, el más cristiano de ellos; y arbitrariamente han sido secuestrados por “adultos contemporáneos”, entre los que no nos contamos mis amigos y yo —ahora barrigones, estresados y cobardes.

En mi vaga noción de la historia, todos éstos eran juegos de muchachos, pero hubo quienes se los tomaron más en serio y los convirtieron en disciplinas seguras para deportistas de cualquier edad. Ahora mismo, en Caracas y en el interior de Venezuela, funcionan al menos doce operadoras turísticas que ofrecen los servicios necesarios para la práctica de deportes extremos en agua dulce y montaña, en los que pueden participar niños mayores de ocho años y los adultos que no tengan ningún impedimento físico. De éstas, cinco desarrollan sus actividades al pie del monte Barinés, que en geografía se conoce como la frontera de los estados Barinas y Mérida, entre los llanos y los andes venezolanos.

Se trata de una región de ríos caudalosos, de aguas blancas y cristalinas que descienden en rápidos sobre piedras inmensas, y que durante todo el año son perfectos para el canotaje, e ideales para el rafting en la temporada de lluvias que transcurre entre los meses de mayo y noviembre.
Los ríos de Barinas que se prestan para la navegación en kayak de aguas blancas y balsas de rafting son cinco. Todos tienen sus nacientes en la cordillera andina y en sus recorridos ofrecen distintos grados de dificultad. El Acequia es el más popular por ser el más versátil: la parte alta es para remadores experimentados y está clasificada entre los niveles cuatro y cinco; y el Acequia bajo, clasificado entre los niveles dos y tres, comienza en una bifurcación llamada Dos Bocas y es en el que navegan los principiantes.

El Canaguá también está dividido en dos zonas de dificultad: en el alto, corren rápidos de nivel cinco, mientras que el bajo es de niveles uno y dos, con aguas calmadas para los tours familiares. El Sinigüis es más temperamental, de nivel cuatro al cinco, dependiendo de la época del año; y los nombres que los guías le han puesto a sus rápidos —“el despertador”, “la lavadora”, “la licuadora” o “la batidora”— ya dicen mucho acerca de la fuerza de su corriente. Luego está el río Santo Domingo, que comienza con un cauce estrecho (nivel dos) y sólo puede navegarse en kayak; desemboca en aguas de nivel cinco. Por último, el Bum-Bum va del grado cinco al dos, a medida que desciende por el llano, y en su parte baja está flanqueado por pinturas rupestres (petroglifos) que, se calcula, fueron dibujadas por comunidades indígenas prehispánicas entre los años mil y 1400 d.C.

RÍO ABAJO
Es una cosa extraña pero los adultos se suben a los botes como niños y los niños con una seriedad muy adulta. La gente grande —entre la que ahora sí me cuento— se enfrenta al agua con terror ciego: se amarra el salvavidas hasta la asfixia, se empotra el casco hasta donde apenas sobresalgan los cachetes y pregunta con disimulo dónde están los equipos de seguridad. Entonces, los guías, siempre respetuosos del pánico ajeno, explican con paciencia las normas de emergencia: por cada kayak de dos personas habrá un remador experto como timonel, que para navegar no es necesario saber nadar y, en caso de caer al agua, basta tumbarse de espaldas a la corriente del río y dejarse llevar hasta ser rescatado por su ángel de la guarda particular, y que cada bote está equipado con una cuerda de rescate que el náufrago potencial debe sujetar sobre su hombro, mientras el guía lo arrastra de regreso.

Entre esta charla inicial y la partida, median unos minutos de práctica en una laguna de aguas quietas, donde cada principiante prueba cómo subirse de panza al bote sin lanzar al instructor al agua y cómo mover los remos sin agredir a nadie. Siempre resulta más fácil para los niños, que salen del río al bote con la destreza de un saltamontes, mientras miran con un poco de lástima que la gente más grande no atina a encaramarse con elegancia. El puro ensayo nos hace pensar a los que estamos fuera de forma —a los barrigones, estresados y cobardes— que mejor habría sido tomar un curso de ajedrez.

Pero con la arrancada y el primer salto, el ánimo cambia. Los grandes gritan, rechiflan y alzan el remo como si el kayak descendiera por una montaña rusa de agua. Los pequeños, en cambio, fruncen el ceño, reman con disciplina espartana y escuchan con atención todas las instrucciones del guía.
Son pocos los comandos que hay que aprender. Al grito “duro adelante”, hay que clavar con fuerza uno de los extremos del remo para hacer que el bote avance; es la voz para salir de los reflujos: pequeños huecos que se forman en el agua que fluye a través de un cauce empedrado. Al decir “adelante”, se hace el mismo movimiento pero con más suavidad para atravesar los trechos tranquilos, donde la corriente no es suficiente para hacer avanzar al bote.

En Venezuela se utilizan al menos dos tipos de botes para dos personas en la práctica del kayak de rápidos o de aguas blancas. Los rígidos son fabricados con una fibra plástica, y son más sensibles al choque de las piedras del río por su dureza, en consecuencia, más propensos a las volcaduras —también los más populares entre las operadoras turísticas—. Los inflables están hechos de una goma que se amolda a las rocas, lo que hace más sencillo mantener el equilibrio; como argumento en contra, suelen ser más lentos que los fabricados con fibra. Además de los materiales con los que fueron confeccionados, la diferencia básica entre ambos es que los rígidos dan la sensación de estar conduciendo un automóvil sin amortiguadores y, los blandos, la comodidad de navegar en un sedán automático.

Sin importar las reglas del diseño y la aerodinámica, los guías siempre suelen volcar el kayak en algún trecho donde el río no sea demasiado profundo, para ponerle emoción al asunto y que los principiantes practiquen su ascenso panza abajo. El orgullo de los niños no los deja sucumbir, pues inmediatamente después plantean hacer la travesía completa sin caer ni una vez al agua. Los grandes, en cambio, nos dejamos caer como un plátano, sin mayor vergüenza.

Como los guías también saben sobre la compasión, dejan que sus aprendices reposen con el remo sobre las piernas a lo largo de un buen trayecto y disfruten del paisaje. Desde sus nacientes, los ríos de Barinas están flanqueados por bosques húmedos, siempre verdes, con árboles inmensos cargados de bromelias y orquídeas; a medida que avanza la corriente, la vegetación se transforma en bosques de galería, con arbustos y árboles más pequeños, que interrumpen la continuidad de la sabana llanera. Para los observadores de aves es un lujo cuando se atraviesa un Martín Pescador, o cuando un pato cotúa deja ver su cuello largo y negro mientras navega junto al bote; hasta que el movimiento lo espanta, porque viene otro reflujo y hay que fajarse a remar otra vez.

AL RAS DE LA CASCADA
“No mires hacia abajo”, me lo repito cada vez que el orgullo y la curiosidad pueden más que la fobia a las alturas. No mires hacia abajo. Pero igual, miro. Y ya es tarde. Llevo puesto un arnés —desde los muslos hasta la cintura— que me sujeta a una cuerda que cuelga sobre una cascada de veinte metros, a la que la gente del pueblo llama el Chorrerón. Por ahí tenemos que bajar. En eso consiste el canyoning.

La idea se le ocurrió a cuatro franceses —François Cazalet, Henri Dubosc, Roger Mailly y Robert Ollivier— en 1933. Querían descender por las gargantas de Holtzarte en el monte Barazea de Navarra, y lo hicieron en catorce horas y con cuerdas. Dicen que después, a partir de los años setenta del siglo XX, se desarrolló esta técnica de bajar por barrancos y cañones utilizando técnicas de rapel como disciplina deportiva. La noticia llegó tarde a Venezuela, donde hasta hace menos de una década el canyoning fue práctica exclusiva de los grupos de rescate. En todo el país, sólo diez operadoras ofrecen esta modalidad en sus paquetes de deportes extremos; y en Barinas, sólo dos explotan esta alternativa para el turismo: Grados Alta Aventura y Guamanchi Expeditions.

Al pie de monte Barinés hay tres cascadas en las que se practica canyoning o “barranquismo”. A todas se llega caminando y el punto de partida es el pueblo de Altamira de Cáceres, que está a 17 kilómetros de la ciudad de Barinas, tras cruzar el puente sobre el río Santo Domingo. Las “cataratas de El Silencio” son dos caídas de agua de 30 y 48 metros de altura, que están calificadas entre los niveles tres y cinco de dificultad y, por tanto, están reservadas para los expertos en saltos. El Chorrerón es la cascada más cercana, a unos veinte minutos, y es apta para niños mayores de ocho años que no le teman demasiado a las alturas.

Desde que comienza el camino por el río para llegar a las cascadas, los guías recomiendan utilizar el casco. Hay que andar entre el agua, las piedras son resbalosas y es mejor protegerse lo que se pueda en caso de un traspié. Vistos desde abajo, no son tan desafiantes los veinte metros de altura del Chorrerón, de nivel dos. Lo complicado es mirar desde arriba. Hasta que los equipos no están en su sitio, no se permite acercarse a curiosear el fondo desde esa perspectiva. Y cuando se tiene una panorámica completa de lo que está abajo, es porque uno ya está irremediablemente enganchado a la línea de descenso.

Por las dudas, baja primero Gregorio Montilla, el dueño de la operadora que somete a los turistas al vértigo. Jonhatan baja después, casi con aburrimiento. Tiene doce años, nació en Altamira de Cáceres y, desde hace unos meses, se entrena como guía de campamento. La cantidad de nudos, cintas y metal que lleva encima ilustran el procedimiento: consiste en anclar una cuerda a un lugar firme y luego deslizar a través de ella un “ocho metálico”, que se engancha en el arnés mediante dos mosquetones de seguridad. El deportista, que va dentro en el arnés, rodea media cintura con la cuerda y la sostiene con una mano al frente, mientras, con la otra mano colocada a nivel de la espalda, controla la velocidad de su caída. Los pies deben colocarse en línea recta con los hombros, mientras las piernas forman un ángulo de 45 grados contra la pared de la cascada. En caso de resbalón, el deportista debe mantener el rostro contra el pecho y cubrirlo con los antebrazos de un eventual choque contra la roca. Como precaución para ésta y otras eventualidades, un segundo compañero se encarga de sujetar la cuerda de seguridad desde abajo o desde arriba, mientras dura el descenso; es la garantía de que nunca caerá en forma abrupta, aunque en un ataque de pánico abra las dos manos y suelte la cuerda. También son remotas las posibilidades de que las líneas se rompan, pues cuando están en buen estado soportan hasta 200 kilogramos de peso. Suena seguro.
Tomar el turno significa pararse al borde de la cascada, decir un par de oraciones y liberar la cuerda con la mano derecha para dejarse caer lentamente hasta formar el ángulo indicado. El descenso se disfruta más con pasos cortos y es ideal cuando se logra una posición en la que el agua fría de la cascada bañe el cuerpo completo: mejor que un hidromasaje.

Un guía está esperando abajo, recibe al que salta y se cuida de que ninguna pieza del equipo caiga al pozo turquesa de tres metros de profundidad, que es la bienvenida a los que se atrevieron.

A CABALLO
Es natural que uno extrañe la tierra después de tanta agua. El camino de regreso, a través del estado de Mérida, ofrece la alternativa de pasear de nuevo sobre los propios pies. Hay que tomar la carretera que conduce a los pueblos de Santo Domingo y Apartaderos, que son la puerta de entrada a los Andes venezolanos desde las llanuras. Entonces la temperatura desciende entre 10 y 20 grados centígrados, los árboles se encogen y las montañas crecen, apenas cubiertas de frailejones —una planta de flores amarillas y hojas de lana de hasta dos metros de altura, que arropa la cordillera de Venezuela.

Desde que se cruza la frontera de Barinas, la ruta está poblada de restaurantes, posadas y siembras de hortalizas. Por esa vía, a 44 kilómetros de Altamira de Cáceres, se encuentra la Laguna de Mucubají, la más grande del estado de Mérida. Forma parte del Parque Nacional Sierra Nevada (Av. Las Américas, calle 2, sector FONDUR, Mérida; T. 58 (274) 262 13 56; http://sierranevada.andigena.org; entrada: 50 centavos de dólar por automóvil) y es la primera de un circuito de cuatro lagunas —La Negra, Los Patos y La Victoria—, a las que es posible llegar a pie o en cuatro patas. La ruta más popular es la de la Laguna Negra, que recibe su nombre por el efecto que producen los rayos del sol en el agua; en tres horas se puede completar a pie el camino de ida y vuelta —entre las ocho de la mañana y las cuatro de la tarde— pues horas antes o después la neblina no permite ver más allá de la nariz.

Dentro del parque, una cooperativa de campesinos ofrece caballos en alquiler y guías para cada recorrido (las tarifas oscilan entre dos y cinco dólares por montura, y los servicios de un guía entre cuatro y cinco dólares). Los caballos suelen ser muy mansos y casi incapaces de salirse de la dirección que les marca el camino; los niños pequeños, a partir de los cuatro años, pueden ir solos sobre la silla, mientras los conduce un arriero, o acompañados de sus padres.

Frente a los establos hay un pequeño estanque en el que se pescan truchas. Los niños son los primeros que toman la caña y se maravillan de ver a una decena de peces peleándose por morder el anzuelo, hasta que reciben la noticia de que, por dos dólares, el pescadito podría ser su almuerzo, acompañado de arepas —la versión venezolana de las tortillas de maíz— y ensalada. Entonces mejor evitar la escena, pues este parque es para la contemplación del paisaje más que para las emociones intensas. Ésas, junto a las truchas, deben quedarse en el río.


GUÍA PRÁCTICA

CÓMO LLEGAR
El pie del monte Barinés hace de frontera entre los estados de Barinas y Mérida, entre los llanos y los Andes venezolanos. Por aire, se puede llegar a través del Aeropuerto Nacional Dr. Alberto Carnevalli de la ciudad de Mérida (T. 58 (274) 263 0446), o del Aeropuerto Nacional de Barinas (T. 58 (273) 533 2063). En ambas ciudades es posible contactar operadoras turísticas especializadas en deportes extremos de agua, como el canotaje y el rafting, que también se encargan de proveer alojamiento y transporte hacia Barinas. Desde el centro de Barinas —capital del estado con el mismo nombre— hasta los ríos en los que se puede practicar canotaje, los recorridos son de entre 17 y 30 kilómetros sobre una carretera asfaltada en buen estado. Y desde el centro de la ciudad de Mérida —también del mismo nombre que el estado— la distancia es de, al menos, 119 kilómetros hasta el río Santo Domingo y hasta la población de Altamira de Cáceres; sin embargo, el camino de Mérida tiene mejores alternativas de alojamiento y mejores paisajes.

DÓNDE DORMIR
BARINAS
Posada Altamira
T. 58 (414) 566 0118
Habitaciones dobles desde 23 dólares, incluye desayuno.

Frente a la Plaza Bolívar de Altamira de Cáceres, justo al lado de la Iglesia; es una casa colonial con cuatro habitaciones muy acogedoras.

MÉRIDA
Hotel La Pedregosa
Final Av. Los Próceres, Zona Industrial los Andes, Urb. La Pedregosa.
T. 58 (274) 266 3181
F. 58 (274) 266 1176

www.hotellapedregosa.com
Habitaciones entre 67 y 116 dólares.
Uno de los más grandes de la ciudad. Tiene 69 habitaciones con aire acondicionado y restaurante, y un terreno de diez hectáreas cubiertas de árboles.

“EN MEDIO”
Hotel La Trucha Azul
Carretera Nacional Barinas-Mérida
T. 58 (274) 898 8066
F. 58 (274) 898 8067
www.latruchaazul.com

Habitaciones dobles desde 100 dólares.
Es uno de los hoteles mejor equipados de la zona. Además de restaurante y sala de juegos, cuenta con un área para niños al aire libre donde se puede pescar y jugar golfito. Además de las habitaciones regulares, cuenta con villas y cabañas con capacidad hasta para cuatro personas.

Hotel La Sierra
Carretera Nacional Barinas-Mérida, 5131
T. 58 (274) 898 8113
F. 58 (274) 898 8050
www.hotellasierra.net

Habitaciones dobles desde 70 dólares.
Ofrece descuentos hasta de 50 por ciento para niños menores de 11 años. Cuentan con servicio de restaurante y áreas recreativas.

AGENCIAS DE AVENTURA
A menos que se les pida repetir la hazaña, las operadoras suelen incluir en sus tarifas un solo lance por día: como se llama al paseo por el río. Los costos son de 70 dólares para las rutas en kayak, y de entre 41 y 55 por cada pasajero que suba a una balsa de rafting. Estos precios incluyen el alquiler del equipo: botes, chalecos salvavidas y cascos; el visitante sólo debe ir provisto de ropa cómoda para navegar —pantalones cortos, traje de baño, camiseta y zapatos deportivos— que no le importe mojar. Cada travesía dura de hora y media a dos horas, dependiendo del río que se elija y de la paciencia de los timoneles.

EN BARINAS
Grados Alta Aventura
Entre las operadoras de la zona, ofrece el servicio más completo para la práctica del canotaje, el canyoning, el rafting (en la temporada de mayo a noviembre), caminatas por la montaña y paseos en bicicleta. Sus oficinas están ubicadas frente a la plaza Bolívar de la población de Altamira de Cáceres, a 17 kilómetros de la capital. Además, cuenta con un campamento a orillas del río de Santo Domingo, equipado con restaurante y tres cabañas en las que se pueden alojar hasta ocho personas. La regla general es que cada grupo cuente con tantos guías como sean necesarios (uno para cada remador, en el caso del canotaje); sin embargo, suele ocurrir que Gregorio Montilla, su fundador, acompañe personalmente a sus huéspedes en los recorridos. La tarifa de hospedaje por persona es de 40 dólares, e incluye desayuno y cena. Los costos de navegación para el canotaje son de 70 dólares por persona, cada día; y de 42 dólares para el rafting. Un día de canyoning cuesta 35 dólares por persona —en grupos de hasta seis— y 140 dólares si se movilizan los equipos para una sola persona (T. 58 (414) 740 8512; www.grados.com.ve).

EN MÉRIDA
Guamanchi Expeditions
Es una de las empresas de mayor tradición en la práctica de deportes extremos en Venezuela. Su sede está en Mérida (Calle 24, 8-86, entre Avenida 8 y Avenida Plaza las Heroínas; T. 58 (274) 252 2080; www.guamanchi.com) pero ofrece servicio de transporte y alojamiento modesto para quienes desean practicar canotaje en los ríos de Barinas. Sus tarifas varían dependiendo del tamaño de los grupos y la temporada, pero empiezan en los 116 dólares por persona, por el fin de semana completo.
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