Amansara: la sede natural para descubrir Camboya
Templo de Ta Prohm Fotografía de Alonso Vera Cantú

Amansara: la sede natural para descubrir Camboya

Los “viajes culturales” suelen ahuyentar a buena parte de quienes se disponen a viajar en familia. Pero así como los templos de Camboya, su gente y sus paisajes se distinguen de cualquier otro destino incluso de Asia, así el Amansara, en su papel de impulsor y protector de la cultura local, y del complejo religioso más grande del mundo, completará la experiencia con un balance impecable de comodidad, estética y un aprendizaje indeleble.
Por Alonso Vera Cantú | abril 2007
Sólo un niño podría comprender la emoción que sintió Henri Mahout cuando, en 1864, reencontró la que fuese capital del Imperio Khmer del 800 al 1200 d.C. El sitio conmociona a la razón y al corazón por igual, por no hablar de los esfínteres, como luego confesara el botánico francés en su diario de campo.

El efecto de descubrir por primera (o decimosexta) vez el complejo sacro más grande del mundo, es equiparable con el alumbramiento. Porque hay algo que nace en uno luego de exponerse a su piedra tersa y sus dimensiones majestuosas. Una vivencia que, por la simplicidad y complejidad que componen simultáneamente su belleza, los niños disfrutan como exploradores y los exploradores como niños.

La capital del Imperio Khmer fue relegada a las impertinencias de la selva y el olvido por más de cuatrocientos años. Y es cierto que mucho de su ropaje de selva camboyana, aquel verde que crece sobre el verde en la espesura del sureste asiático, ha sido retirado para revelarla. Es verdad también que al menos un millón de turistas revuelven cada año con polvo y lágrimas sus 20 mil hectáreas de extensión, y que desde su abandono en 1431 hasta el día de hoy muchos de sus tesoros fueron hurtados para decorar penthouses en las principales capitales del mundo.

Sin embargo, la no tan simple idea de llegar al corazón de Siem Reap, aquella pequeña ciudad que funge como su puerta de entrada y en donde igual se observan monjes que turistas y elefantes divagando por templos y mercados, significa tanto que lo perdona todo. Sobre todo, si el destino para emprender la visita es la que fuese villa de huéspedes del rey Norodom Sihanouk en los años cincuenta del siglo XX: el resort Amansara.


ESTANQUES PRIVADOS PARA TODOS
La entonces llamada Villa Princière albergó a la realeza y a científicos decanos durante sus exploraciones. Y aunque poco ha cambiado desde mediados del siglo pasado, ya que sigue siendo el refugio predilecto de las personalidades y conocedores que se dan cita para visitar la vecina ciudad de los dioses-reyes, ahora es mucho más consciente e incluyente, gracias al giro que le dio el hotelero Adrian Zecha, el creador de los Amanresorts.

Sus trazos aún denotan las ideas geométricas concebidas por el arquitecto Laurent Mondet y el diseñador Roger Colne en los años sesenta. Pero su art déco castigado por el tiempo fue restaurado y afinado con acentos contemporáneos para crear un complejo de jardines, terrazas y pérgolas en torno a una alberca imposible de mosaicos negros.

El exclusivo resort comenzó con sólo doce suites dispuestas en torno a un jardín central. Diseñadas en un estilo abierto, uno pasa las noches entre relieves sacros de estuco, pisos con acabados de terrazo y muebles oscuros de maderas finas. El área del dormitorio se combina con la sala en una plataforma elevada. Luego está la tina, los tocadores separados y una regadera “de lluvia”, con un surtidor enorme en el techo que da la sensación de estar parado en un delicioso chubasco. Un ventanal de piso a techo muestra el patio privado y su jardín acuático: pequeñas terrazas de cantera negra y estanques con peces y flores de loto, y las paredes decoradas con altorrelieves que muestran apsaras (ninfas acuáticas).

Fue hasta fines de 2005 cuando Amansara incluyó en su menú otras doce suites similares a las iniciales, pero con una alberca privada de 30 metros cuadrados, una terraza acondicionada con su propio comedor y una habitación extra, perfecta para los niños.

Por supuesto todas están equipadas con aire acondicionado, bar y sistema de sonido de alta definición, y son atendidas por un mayordomo particular que no tarda más de dos horas en comenzar a anticiparse a los deseos de unos y otros, por complejos que parezcan.

Lo más llamativo del edificio principal de este resort que toma su nombre de las palabras sánscritas Aman, paz, y Apsara, ninfas acuáticas descritas en los textos hinduistas, es su restaurante circular. Bajo su techo de bóveda celeste el rey camboyano proyectaba películas a sus huéspedes, y ahora se sirven suculencias Khmer —a base de arroz, verduras y salsas de frutas tropicales— e internacionales que cambian a diario para incluir productos de temporada.

La familia puede elegir alimentarse al fresco en su terraza, en la pérgola frente a la alberca principal o inclusive en el roof garden repleto con flores de loto, en donde también se disfrutan los cocteles al atardecer. En esta terraza y en las que quedan junto a la boutique del lugar, se realizan espectáculos de música y danza tradicional a la luz de las velas y con el estímulo de finos inciensos.

Es un espectáculo magnífico, como la labor del Amansara por preservar y rescatar las tradiciones perdidas durante el régimen del Khmer Rouge. Ya que fundaron la academia más importante del país, que beca y entrena a los niños en las artes locales, muchas de las cuales se creían perdidas. Y el huésped tiene el honor de apoyar la causa con su estadía, así como de presenciar estos emotivos espectáculos como lo hicieran las cortes reales hasta que el tiránico ministro Pol Pot importunara con su sueño maoista de una sociedad agraria utópica que relegó al país cincuenta años y aniquiló en el ahora condenado genocidio camboyano a casi una tercera parte de su población. Una pesadilla de la cual Camboya despierta con furor para mostrar al mundo sus encantos.

CIUDAD DE DIOSES-REYES
Las dinastías que conformaron al Imperio Khmer eran comandadas por figuras que se movían entre el mundo de los dioses y el de los humanos. Por ello, lograron movilizar a miles de trabajadores para erigir los templos y palacios que algunos consideramos dentro de los más hermosos del mundo. Un hecho curioso es que, de acuerdo al tiempo en que reinaron, ya fuese de prosperidad o de guerra con sus contemporáneos de Siam y Birmania, éstos elegían la religión predominante y, por ende, el estilo arquitectónico y los temas decorativos.

Está, por ejemplo, el icónico Angkor Wat, un complejo de templos que representan al universo. Erigido a partir del siglo XII por el rey Suryavarman II, requirió de más de 25 mil obreros y 37 años para completarse. Fue orientado al oeste, símbolo funerario hinduista, tiene cinco torres que se levantan 200 metros sobre la selva, y la del centro representa al monte Meru: el corazón del universo hinduista. Todo está decorado con bajorrelieves que narran escenas de batallas épicas del Ramayana con un realismo estremecedor; se ve que Suryavarman mandó erigirla para incitar lo bélico a su pueblo.

Una contraparte sería Bayon, que se encuentra al centro de la ciudad amurallada de Angkor Thom. Es un conglomerado de cabezas gigantes labradas en piedra que representan al Buda de la Compasión mirando en cuatro direcciones. Fue adornado alrededor con bajorrelieves que narran la vida cotidiana de los khmer durante ese periodo; festividades, danzas y pescas que aún acontecen. El templo es claramente budista, y fue erigido para celebrar un periodo de paz y prosperidad, y centrar al pueblo en sus labores y reflexiones.

Por todo lo anterior, la biblioteca del resort resulta fundamental, ya que resguarda una gran colección de libros sobre la historia y cultura camboyana. Y, así como Angkor durante su esplendor fue sede de los estudios en oriente, el Amansara se ha convertido en el cenáculo de los científicos y académicos que trabajan en las restauraciones del parque arqueológico, Patrimonio de la Humanidad desde 1992. Por ello, cada noche ofrecen una sesión informativa con lecturas privadas, que resultan esenciales para personalizar y apreciar mejor la visita de cada grupo o familia.
Ya lo verán, queridos lectores, cuando cobijados por la selva descubran reflejada la luz del amanecer en sus ojos. En llanto se rompe cuando se conoce esta puerta a un mundo del que nadie, teniendo oportunidad, debe privarse.

AMANSARA
Camino a Angkor, Siem Reap
T. 855 (63) 760 333
F. 855 (63) 760 335
www.amanresorts.com

Suites desde 675 hasta 875 dólares por noche.
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