La otra Venecia
Quienes han estado en Venecia conocen el imposible atiborramiento de sus calles. Por eso, Barbara Ainis propone aquí la receta para disfrutar de los mismos paisajes, palacios y templos desde la laguna, como sólo los lugareños saben hacerlo: de isla en isla, por los canales,
de monasterio en palacio y, sobre todo, con toda la calma del mundo.
Por
Barbara Ainis |
Febrero 2008
|
Tags:
venecia, italia, barbara, ainis, luna, miel, romantico, laguna, murano, burano, torcello, lido, adriatico, isla
Imagínese lo hermoso que sería pasear por las calles, puentes y canales venecianos, sólo que vacíos, o poblados apenas por la sonrisa gentil de la gente local. O navegar las aguas tranquilas de la laguna entre el espectáculo de iglesias medievales, palacios y monasterios en un silencio irreal. Cualquiera que conozca Venecia pensará que es una broma: no hay un solo día en el año en el cual la Plaza de San Marcos, el Puente de los Suspiros y todas las calles que rodean el Gran Canal no estén abarrotadas de turistas bulliciosos y vendedores de baratijas y “souvenirs” hechos en China. Pero, permítame por favor presentarle otra Venecia, la que existe más allá de su encantador centro histórico y que está compuesta por un sinnúmero de islas, cada una con su propia historia, y protegida del mar abierto por un ecosistema lagunar precario y precioso.
TORCELLO: LA ISLA DE LOS 15 HABITANTES
Cuando aún no existían ni los palacios, ni la riqueza comercial de Venecia, la Isla de Torcello, en el norte de la laguna, era el centro urbano más importante. Quien la visite hoy en el silencio de su naturaleza salvaje y descubra sus impresionantes edificaciones prácticamente desiertas, se tardará mucho en creer que entre los siglos VII y X Torcello llegó a tener hasta 20 mil habitantes, negociantes de lana y sal, artistas y prelados, descendientes de la gente que dejó la tierra firme para escapar hacia la laguna durante las invasiones bárbaras. Con el tiempo, sin embargo, Torcello quedó poco a poco abandonada y la mayoría de sus edificios fueron saqueados, al punto que hoy viven ahí apenas quince personas, orgullosos guardianes de ese magnífico pasado. Y pronto serán dieciséis, ya que una mujer está embarazada y la comunidad entera está esperando el evento.
Al bajar de la lancha (el vaporetto) que lleva a la isla hay que seguir un pequeño camino de tierra a lo largo de un canal. Y al pasar la Locanda Cipriani, un hermoso hotel-restaurante famoso por ser el lugar de descanso favorito del escritor Ernest Hemingway y de Lady Diana, se llega a una increíble plaza donde quedan las pruebas del antiguo esplendor de la isla: en medio de viñedos y huertos se yergue la imponente catedral de Santa Maria Assunta, construida en el 639 y decorada por magníficos mosaicos bizantino-románicos; la iglesia de Santa Fosca, con su encantador pórtico del siglo XI; el Palacio del Consejo y el Palacio del Archivo, que acogen un precioso museo y, por fin, el Trono de Atila, una silla de piedra desde donde se administraba la justicia desde la edad media, llamada así porque el pueblo fue fundado por gente que huía de las invasiones barbáricas en tierra firme.
Por el mismo camino de tierra, regresando hacia el embarcadero, se encuentra el Puente del Diablo, protagonista de una leyenda de amor, muerte y brujas: durante la ocupación austriaca del siglo XIX, una chica de Torcello se enamoró de un joven oficial de los Habsburgo. Su familia estaba en contra y mandó matar al joven. La chica le pidió a una bruja que la ayudase y la bruja, una tal Ester, se puso de acuerdo con un demonio: el joven amante regresaría del más allá a cambio de las almas puras de siete niños. Se dieron cita la noche del 24 de diciembre en el puente, fecha en que la chica alcanzó su amor, mientras el diablo y la bruja acordaron la entrega de los siete niños para dentro de siete días, pero la bruja murió antes de cumplir su compromiso. Desde entonces, cada año, esa fecha, el diablo visita el puente en forma de un gato negro en espera de las siete almas prometidas. Y hoy, por este pequeño puente, previa cita, se llega hasta una hermosa villa del siglo XV (que puede alquilarse para pernoctar, T. 39 (335) 520 6710), cuyo parque esconde las ruinas de la iglesia medieval de San Giovanni Evangelista.
Por el mismo camino de tierra, regresando hacia el embarcadero, se encuentra el Puente del Diablo, protagonista de una leyenda de amor, muerte y brujas: durante la ocupación austriaca del siglo XIX, una chica de Torcello se enamoró de un joven oficial de los Habsburgo. Su familia estaba en contra y mandó matar al joven. La chica le pidió a una bruja que la ayudase y la bruja, una tal Ester, se puso de acuerdo con un demonio: el joven amante regresaría del más allá a cambio de las almas puras de siete niños. Se dieron cita la noche del 24 de diciembre en el puente, fecha en que la chica alcanzó su amor, mientras el diablo y la bruja acordaron la entrega de los siete niños para dentro de siete días, pero la bruja murió antes de cumplir su compromiso. Desde entonces, cada año, esa fecha, el diablo visita el puente en forma de un gato negro en espera de las siete almas prometidas. Y hoy, por este pequeño puente, previa cita, se llega hasta una hermosa villa del siglo XV (que puede alquilarse para pernoctar, T. 39 (335) 520 6710), cuyo parque esconde las ruinas de la iglesia medieval de San Giovanni Evangelista.
Pero aún más que todo eso, en Torcello es preciso conocer a su habitante más especial: Paolo Andrich, sobrino del artista Lucio Andrich. Paolo vive en la casa-museo que heredó de su tío, asomada a la hermosa Ciénaga de la Rosa. Al entrar al jardín, uno se encuentra con candiles de cristal colgados de las ramas, un gran espejo en medio de un camino de tierra que refleja la silueta de la catedral y un enorme perro negro. El jardín además pueden disfrutarlo con calma quienes se hospeden en alguna de las cuatro hermosas habitaciones que ofrece Pablo.
LOS VIEJOS OFICIOS
DE BURANO Y MURANO
Frente a Torcello se pueden reconocer las típicas casas de colores de Burano, una isla mucho más conocida y por lo mismo más concurrida, especialmente en temporada alta. El sugestivo cromatismo que encanta a los turistas viene de la tradición de los pescadores de pintar las casas de azul, rojo, amarillo, verde o violeta, para poder reconocerlas al regresar en barco las noches de niebla. En realidad, los mismos colores se repiten muchas veces, quizá porque los habitantes de Burano pertenecen todos a muy pocas familias. Incluso comparten los mismos apellidos, lo cual explica la costumbre de aumentar al nombre y al apellido un apodo para identificar la línea familiar: “hijos de Giovanni”, o “del gordo”, en honor al jefe de familia.
Caminando sin rumbo por las callecitas y los canales se pueden encontrar tiendas que venden el producto artesanal más típico de Burano, que desde los siglos XV y XVI dio a conocer la pequeña isla en todo el mundo: el encaje. La leyenda habla de un pescador que, para ser fiel a su novia, rechazó la seducción de una sirena. Como premio por su fidelidad, de la espuma del mar le llegó el velo de novia más hermoso para su prometida. El día de la boda, las mujeres de la isla admiraron tanto el velo, que intentaron reproducir su precioso encaje, utilizando agujas e hilos cada vez más finos.
Otra isla y otra tradición artesanal conocida en todo el mundo es Murano (y el cristal ídem), mucho más cerca del centro histórico de Venecia. Durante el siglo XIII, los cristaleros se mudaron a Murano con todo y sus talleres debido al riesgo de incendios, ya que la mayoría de las casas venecianas estaban hechas de madera. Y fue así como la isla se convirtió en el centro de producción del cristal. Frente a los hornos en los cuales se fundía la arena silícea junto a los óxidos metálicos, los cristaleros de Murano inventaron la forma más pura de crear cristal de colores, y las técnicas para soplarlo y realizar verdaderas obras de arte.
Durante la Serenísima República de Venecia (hasta 1797), el negocio del cristal de Murano era tan importante que los maestros tenían prohibido salirse de la isla y quien revelaba los secretos afuera podía ser castigado hasta con la muerte. Esta tradición milenaria hoy se protege de una forma menos violenta, con la leyenda “Vetro Artistico di Murano”, que garantiza que los vasos y lámparas de colores que se compren en la calle sean de verdad hechos en Murano.
Un consejo válido para ambas islas: el mejor horario para visitarlas es temprano en la mañana, cuando la luz recorta las líneas de las casas y de los canales, las calles siguen todavía vacías y silenciosas y los talleres acaban de empezar su trabajo artesanal.
POR LOS CANALES
La Laguna de Venecia es un lugar raro. Ni agua, ni tierra. Ni mar, ni lago, ni río. Ni artificial, ni natural. Es un espacio de más que 550 kilómetros cuadrados que comprende aguas salobres, ciénagas e islas, formado hace miles de años con materiales transportados por los ríos hacia el mar. Es un ecosistema en continua evolución, que habría terminado por desaparecer, de no ser porque los antepasados de los venecianos de hoy (que no son más que 40 mil personas contra los 20 millones de turistas que vienen cada año) eligieron las islas como su casa y empezaron a cuidar de ellas, saneando los pantanos, desviando el curso de los ríos, construyendo islas artificiales y protecciones hacia el mar. El equilibrio que lograron es incierto y precario, pero nos deja un lugar absolutamente mágico y todavía desconocido para la mayoría, incluso entre los italianos.
Para recorrerla, no hay como entregarse a las manos expertas de quien pertenece a la Laguna, la conoce, la ama y la respeta, aun cuando lleva turistas en su barco. Es el caso de Cristina, la capitana de un típico bragozzo veneciano, el antiguo barco de pesca de la laguna, capaz de penetrar hasta en las aguas menos profundas. Hace veinte años que Cristina navega esta zona, de modo que conoce todos sus secretos. En su barco puede llevar hasta nueve personas, y recomienda dedicar un día entero a visitar las islas menos conocidas de la laguna norte, en las cuales se esconden ruinas de fortalezas de los Habsburgo, iglesias medievales y monasterios sumergidos en la naturaleza.
Rumbo a la pequeña isla abandonada de San Giacomo in Paludo, que fue alguna vez sede de un convento para el hospedaje de los peregrinos que se dirigían a Tierra Santa, y donde hoy puede verse la sugestiva ruina de un arsenal austriaco del siglo xix, Cristina empieza por explicar los secretos de la navegación en la laguna. Si al extranjero inexperto orientarse le parece un lío, ella le aclara que las islas están conectadas por carreteras, sólo que hechas de agua y rodeadas por agua. Son los canales navegables, dotados de profundidad suficiente para pasar en barco incluso durante la marea baja. La mayoría son naturales, y en el mapa se ven como si fueran las arterias y venas de la laguna, que alcanzan cada isla y cada rincón escondido. Tampoco es difícil reconocerlos durante la navegación, ya que están señalizados lateralmente por palos de madera que se salen del agua, llamados bricole, y que en la niebla dibujan hermosas geometrías.
Después de la visita a San Giacomo se pueden seguir los canales que llevan hacia Mazzorbo y Mazzorbetto, dos islas muy poco concurridas por los turistas, que regalan escenarios naturales preciosos, casas medievales medio abandonadas que se reflejan en el agua tranquila y (al final del canal principal de Mazzorbo), la hermosa iglesia románico-gótica de Santa Caterina, que vale la pena visitar entre otras cosas por su pequeño y romántico vestíbulo.
De salida rumbo a otra encantadora isla de San Francesco al Deserto, se encuentran las características islitas de la laguna, llamadas barene. Son pequeñas cumbres que emergen del agua apenas unos cuantos centímetros, recubiertas de plantas halófilas (que necesitan de sal para vivir), como el limonium que en verano se tiñe de rosa y malva.
Mientras se desliza despacio en su embarcación, para no arruinar la quietud de la laguna, Cristina le enseña a sus pasajeros la silueta entallada de la isla donde se cuenta que San Francisco se detuvo para meditar de regreso de Tierra Santa, antes de volver a Asís. La isla, en la cual sólo se encuentra el bonito monasterio de los frailes franciscanos, cuenta con más que 800 cipreses que bordean los recorridos por el jardín del convento, donde los padres y los visitantes (hay 15 habitaciones sencillas para quedarse en el monasterio, T. 39 (41) 528 6863) pueden pasear en oración. Visitar la isla es una experiencia de serenidad, no sólo por el aire místico que se respira, sino también por la agradable acogida del fraile Roberto, un hombre sonriente, orgulloso de mostrar a los visitantes (previa cita) la paz de su casa en medio de la laguna. El único problema podría ser la salida… ya que al simpático fraile le gusta hablar.
Camino a la isla de Sant’Erasmo, mucho más grande, Cristina recomienda visitar la isla de Lazzaretto Nuovo. Y tiene razón. Ésta es la isla donde, hacia 1468, se ponían en cuarentena la mercancía y los equipajes de los barcos sospechosos de contagio. Hoy se puede visitar el Tezon Grande, un edificio de 1500 de más de cien metros de largo donde se conservaba la mercancía, separada y señalizada por marcas comerciales, como todavía se puede ver en las inscripciones y dibujos de las paredes. En este gran almacén también se guardaban las plantas medicinales con las cuales se trataba de purificar los productos de la posible infección de “peste”. También dentro del Tezon Grande, transformado hoy en museo (abierto de abril a septiembre los sábados y domingos, o previa cita en el T. 39 (41) 244 4011), se puede ver la “máscara del médico de la peste”, típica del carnaval veneciano, caracterizada por un largo pico curvo. En realidad se trataba de una especie de máscara antigás, en cuyo pico se colocaban estas plantas desinfectantes; una idea revolucionaria en un tiempo en el cual todavía se pensaba que la peste era un castigo divino y no se sabía de virus ni bacterias.
Justo enfrente se encuentra ahora sí la isla de Sant’Erasmo, famosa por su imponente Torre Massimiliana. Se trata de una fortificación de los Habsburgo de 1843, completamente restaurada hace tres años, desde la cual se puede disfrutar de la vista más bonita de la isla, que se considera el huerto de Venecia, debido a que ahí se encuentran las verduras más sabrosas de la zona. Cardos, espárragos y, sobre todo, alcachofas violetas de Sant’Erasmo: blandas, carnosas y con pocas espinas, tienen un sabor inimitable.
El consejo de Claudio, uno de los cultivadores más jóvenes, es comer las castraure, el primer fruto del año (a principios de abril) de cada planta alcachofera, cruda y condimentada apenas con aceite y limón. Pero las alcachofas violetas se encuentran frescas durante todo el verano, mientras que en el resto del año es posible comerlas conservadas en aceite.
QUE POR LUJO NO QUEDE
Para los amantes de las comodidades y de la cocina de alto nivel, la laguna ofrece también itinerarios muy exclusivos. Frente a la Iglesia de la Salud del barrio Dorsoduro de Venecia se encuentra la isla de Giudecca, parte integral del centro histórico, aunque separada por un ancho canal. A pesar de que esta isla sea medio despreciada por los venecianos “bien”, debido a que aquí se encuentra la cárcel de Venecia y los barrios obreros, en Giudecca se concentran algunos de los más exclusivos hoteles de la ciudad.
El Bauer Palladio Hotel & Spa, por ejemplo, acoge a los huéspedes en un ex convento proyectado en el siglo XVI por el gran arquitecto Andrea Palladio. Junto está la iglesia Delle Zitelle y el Hotel Cipriani, probablemente el más famoso de toda Venecia y el lugar donde se sirve el mejor aperitivo Bellini. Y el nuevo hotel Molino Stucky (en honor a la antigua fábrica de pasta de la zona) ocupa uno de los más importantes ejemplos de arquitectura neogótica aplicada a un edificio industrial, recién transformado en un lujoso cinco estrellas por la cadena Hilton.
También en Giudecca se encuentra uno de los restaurantes más lujosos de la ciudad: el Harry’s Dolci, del mismo dueño del Hotel Cipriani y también del Harry’s Bar en San Marcos. Aun quien no quiera vivir sus días lagunares con tantos lujos, debe visitar Giudecca, caminar por sus callecitas y sus canales en la parte occidental, tomar un aperitivo en la terraza del Molino Stucky, con la vista más hermosa de Venecia, comer frente a la laguna en el restaurante Mistrà del ex astillero de la isla, o visitar la maravillosa Iglesia del Redentor, construida también por Palladio. Esta iglesia es la protagonista de la gran fiesta homónima en memoria de la liberación de la peste del 1577, celebrada cada año el tercer domingo de julio, con la participación de toda la ciudad.
A pocos metros de Giudecca se encuentra otra isla obligada, San Giorgio Maggiore, con otra impresionante iglesia proyectada por Andrea Palladio justo frente a la Plaza de San Marcos. Además de sus proporciones perfectas, pueden disfrutarse ahí las obras de Tintoretto y subir al campanario (la cola es mucho menos ardua que la del campanil de San Marcos), desde donde se alcanza a ver toda la laguna.
Pero además sí hay sitios donde lujo y paz absoluta resultan compatibles: la isla de San Clemente está toda a disposición de los huéspedes del San Clemente Palace, un exclusivo hotel ubicado en el antiguo convento, restaurado con muy buen gusto hace cuatro años. Es un gran lugar para descansar, con magníficos restaurantes, adonde se llega a bordo de una elegante lancha destinada exclusivamente a los visitantes.
Para noches realmente inolvidables hay que reservar una de las suites con vista a la laguna y a Venecia. A la ventana se asoman también a la hermosa iglesia cuatrocentista del convento, donde es posible incluso casarse, con la puesta del sol, cuando hacia el horizonte el cielo se tiñe de rojo detrás del campanario de San Marcos.
Otra opción muy exclusiva es el crucero a bordo de un lujoso bragozzo de vela de 16 metros. Mauro, dueño del barco llamado Eolo y además hábil chef, invita a recorrer la Laguna de Venecia, del norte hasta la hermosa ciudad de Chioggia, en el extremo sur, en un romántico tour de tres días (el alojamiento en las noches es en elegantes villas privadas). Atendidos por un guía además del capitán del barco y los marineros, los huéspedes pueden disfrutar del encanto de las islas, de la quietud de la vida en un barco cómodo y exclusivo, y llevarse para siempre la emoción de una cena a la luz de las velas entre los reflejos y el silencio de la laguna.
MÁSCARAS
ARTESANALES
Justo a pocos pasos de Fondamente Nuove, el embarcadero donde se toma la lancha para ir de Venecia hasta Murano, Burano y Torcello, se encuentra un lugar muy concurrido por los venecianos, pero no por los turistas. Se trata de un pequeño taller frente a la encantadora Chiesa dei Miracoli, repleto de máscaras, vestidos y accesorios, todos hechos a mano por la dueña Gabriella, según la tradición artesanal de la ciudad. Vale la pena una visita, aunque sea para verla trabajar el terciopelo y la seda. (Atelier del Costume; Cannaregio, 6029/C, Campo Santa Maria Nova; T. 39 (41) 528 4445.)
GUÍA PRÁCTICA
La Laguna de Venecia ofrece escenarios encantadores durante todo el año, sólo hay que saber que en julio y agosto se corre el riesgo de que el intenso calor y las multitudes de turistas alteren la perfecta quietud lagunar. También los precios suben mucho en el verano.
CÓMO NAVEGAR
Algunas islas se pueden alcanzar con las lanchas publicas, los vaporetti (www.actv.it). El boleto sencillo (6 euros) no conviene mucho; es mejor elegir un boleto de 12 hasta 76 horas (de 13 hasta 30 euros). Para moverse libremente, también pueden alquilarse lanchas privadas (Venezia Gran Turismo, T. 39 (41) 240 2711) o elegir alguna solución más original:
TERRA E ACQUA
Dorsoduro 3485/A
T. 39 (347) 420 5004
www.terraeacqua.com
Esta compañía ofrece barcos tradicionales (hasta para nueve personas) y una gran experiencia de navegación en la laguna. Un día en un bragozzo con itinerario personalizado cuesta alrededor de 360 euros.
BRAGOZZO EOLO
Mauro Stoppa
www.cruisingvenice.com
Un exclusivo y lujoso crucero en la Laguna de Venecia, a bordo de un típico barco de vela, permite visitar las islas más hermosas, dormir en antiguas villas privadas y disfrutar de inolvidables cenas a la luz de las velas. Crucero de tres días, todo incluido, 2 000 euros.
HOUSE BOAT-CHARTER BOAT
Via Roma 1445, Chioggia
T. 39 (41) 551 0400
www.rendez-vous-fantasia.com/index_it.htm
Los más atrevidos pueden navegar por su cuenta en la laguna. Para manejar una house boat, con camas, baño y cocina, no se necesita licencia náutica y en un par de horas de clase se aprende todo lo necesario para orientarse. Una semana para cuatro adultos cuesta 1 280 euros.
DÓNDE DORMIR
LUCIO ANDRICH, CASA D’ARTISTA-BED & BREAKFAST
Via Borgognoni No. 4/L, Torcello
T. 39 (41) 735 292
www.lucioandrich.com
Habitaciones desde 80 euros.
Románticas y elegantes, las habitaciones se encuentran en un bonito edificio blanco en el interior del jardín surrealista de la casa-museo de Lucio Andrich. Paolo, el extravagante dueño y sobrino del artista, es la mejor fuente de información para visitar la Isla de Torcello.
HOTEL CIPRIANI & PALAZZO VENDRAMIN
Giudecca 10
T. 39 (41) 520 7744
www.hotelcipriani.com
Habitaciones desde 780 euros (de la mitad de marzo hasta el final de octubre).
Probablemente el hotel más famoso de Venecia, también es uno de los más exclusivos. Junto al lujoso complejo principal se encuentran dos palacios de 1500, Palazzo Vendramin y Palazzetto, que ofrecen una acogida aún más íntima y el mismo servicio impecable.
SAN CLEMENTE PALACE
Isla de San Clemente 1
T. 39 (41) 244 5001
www.thi.it
Habitaciones desde 210 euros.
Una isla entera está a disposición del antiguo convento de San Clemente, convertido en el único resort de la laguna, con jardines, alberca y spa a unos minutos de Venecia en lancha.
LOCANDA CIPRIANI
Piazza S. Fosca 29, Torcello
T. 39 (41) 730 150
www.locandacipriani.com
Habitaciones desde 130 euros.
Aquí es posible alojarse en la misma habitación donde se quedó en el otoño de 1948 Ernest Hemingway con su esposa. Además el restaurante del hotel es muy recomendable por sus platillos típicos venecianos.
HILTON MOLINO STUCKY
Giudecca 810
T. 39 (41) 272 3311
www.hilton.com/venice
Habitaciones desde 295 euros.
El hotel se encuentra en un precioso complejo industrial dieciochesco, recién restaurado, en la hermosa Isla de Giudecca. De su terraza se puede disfrutar de una encantadora vista del centro histórico de Venecia.
BAUER PALLADIO HOTEL & SPA
Giudecca 33
T. 39 (41) 520 7022
www.palladiohotelspa.it
Habitaciones desde 484 euros.
La entrada del hotel se encuentra justo a lado de la maravillosa iglesia palladiana de Le Zitelle, mientras las salas y las habitaciones ocupan el antiguo convento de la iglesia. Y su spa está recién estrenado.
DÓNDE COMER
BUSA ALLA TORRE DA LELE
Campo Santo Stefano 3, Murano
T. 39 (41) 739 662
Alrededor de 50 euros sin bebidas.
Spaghetti alla Busara, es decir, con bogavantes, o con tinta de sepias (especie de calamares), son algunos ejemplos de la cocina típica veneciana que este óptimo restaurante ofrece únicamente a la hora de la comida.
TRATTORIA AL GATTO NERO
Giudecca 88, Burano
T. 39 (41) 730 120
www.gattonero.com
Alrededor de 45 euros sin bebidas.
En una típica casa de colores de Burano, este establecimiento sirve lo mejor de la laguna. Recomendables los tallarines con grancevola, una especie de cangrejos gigantes.
HARRY’S DOLCI
Giudecca 773
T. 39 (41) 522 4844
www.cipriani.com
Alrededor de 70 euros sin bebidas, abierto de abril hasta octubre.
La terraza del famoso Harry’s Dolci, una versión un poco más accesible del histórico Harry’s Bar es deliciosa para una cena romántica. Y como sugiere el nombre, los postres son riquísimos.
MISTRÀ
Fondamenta S. Giacomo 211, Giudecca
T. 39 (41) 522 0743
Escondido en un galpón del ex astillero de Giudecca, se encuentra este bonito y no muy conocido restaurante que ofrece excelentes pescados y una encantadora vista hacia la laguna.
MÁS INFORMACIÓN
www.parcolagunavenezia.it
www.turismovenezia.it
























